lunes, 7 de enero de 2008

HOY ESTAMOS DE FIESTA…


El día 27 de diciembre, a las 12 p.m. el sacerdote José Apolinar Arellano Trejo en nombre de toda la comunidad de San Juan Tepecoculco brindó la bienvenida al Obispo Luis Artemio Flores Calzada, de la diócesis de Valle de Chalco. El obispo visitó el pueblo para celebrar la misa principal en honor al Santo Patrón, San Juan Evangelista, y dar así inicio a las festividades en su honor

La misa se celebró en el atrio de La Parroquia de San Juan Evangelista, ubicada entre las calles Rosario y San Juan, lugar que se acondicionó para la ceremonia con bancas y sillas. Una lona cubría los rayos inclementes del sol que caían a plomo en el pueblo, y la sombra era disfrutada con gran entusiasmo por los feligreses. El adorno de la parroquia daba una nueva fachada a la misma, llena de colorido y texturas que resaltaban la alegría de los fieles creyentes.

El pontífice vestía una sotana blanca con pequeñas líneas doradas que lo envolvían en una irradiación especial, acompañada de bordados dorados en forma de trigo, flores y únicamente una cruz que le daban una presentación recatada al atuendo, portando la mitra que lo caracterizaba.

Antes de iniciar la misa, el Obispo bendijo la imagen de Cristo en la cruz, patrimonio de la iglesia del pueblo. Exactamente a las 12:30 p.m. pronunció la primera oración para dar paso a la ceremonia. Posteriormente dijo con una voz solemne y tranquila: “hermanos, seguimos de fiesta, hoy, honrando a nuestro Santo Patrón, San Juan Evangelista.”, además de agradecer las palabras de bienvenida dadas por el padre Apolinar, cura de la parroquia, así como también agradeció la asistencia a todos los presentes: “ y a cada uno de ustedes, les agradezco su cariño y atención y vamos a celebrar juntos esta eucaristía, pidamos en estos momentos, humildemente perdón por de nuestras faltas…” enuncio el Obispo para continuar con la celebración de la misa.

El altar en que se llevó a cabo la misa, era totalmente de madera, cubierto por un mantel blanco, al que detenían dos pequeñas ceras rojas. La parte del altar, que estaba a la vista de la gente, lucia en el centro dos enormes ángeles hincados adorando a un pequeño cordero echado en medio de ellos, y en cada lado se encontraba un libro abierto con la oración Dios es amor. Dicho altar estaba acompañado por la imagen del enorme Cristo en la cruz, ubicado a una altura en la que podía ser admirado por todos los presentes, con dos nochebuenas grandes a los lados.

No podía faltar la imagen de la Virgen María. También estuvieron presentes las imágenes de otros santos, colocados al lado derecho del altar, porque al lado izquierdo se instaló la estudiantina del profesor Marino Vázquez, que acompañó todos los cantos de la misa. El altar estaba adornado con dos arreglos florales grandes y 10 arreglos frutales con moños amarillos, que lucían enfrente de él, al igual que un enorme cirio, colocado en la parte de abajo.

A la misa asistieron, aproximadamente, seis cientos creyentes católicos, que fueron llegando poco a poco hasta llenar por completo el espacio designado para la celebración.

Después de que el padre Apolinar dio lectura al “Evangelio según San Juan”, el Obispo se coloca la mitra encima del solideo (que había abandonado unos momentos antes) para pronunciar su sermón sobre el Evangelio, el cual expuso con tanto entusiasmo, como declamando una poesía, pues sus ademanes, que únicamente hacia con la mano derecha en la que contenía su esplendoroso anillo de oro, no pararon, llevando su mano al pecho consecutivamente, tocando la cruz plateada que colgaba de su cuello, mientras que con la mano izquierda sostenía un báculo de madera que contenía la figura de Cristo crucificado.

Al hablar de lo que está escrito en el Evangelio y de lo que en él se pide “Ámense los unos a los otros, es lo que Jesús nos pide, como el nos ha amado”, alzo el sonido de su voz, fue más fuerte que los fieles católicos atendían con mucha atención, sus caras mostraban un semblante de reflexión, de que sabían y harían lo que él les pedía, lo que estaba esperando de cada uno de ellos.

Afirmó que “es nuestra fiesta, la fiesta de todos”, con el propósito de “sentir a Jesús en la eucaristía”, para unir a la familia porque lo que une a la familia es el amor, lo que nos une a todos es el amor. El mensaje que dio el Obispo para todos y cada uno de los presentes fue que lo más importante en la vida es el amor, que debemos amarnos como ya hemos sido amados por Dios.

Exactamente a la una de la tarde el Obispo pronunció la oración de invocación al “Espíritu Santo” para las personas que se confirmaron y, terminado esto, ungió aceite en la frente a quince personas para ser confirmados ante el Señor, quienes vestían totalmente de blanco, llevando en las manos una vela y una Biblia con rosario, mientras que los fieles cantaban con gran sentimiento al “Espíritu Santo”.

Después de terminar de dar la comunión a todos “los hermanos” que asistieron a recibir “el cuerpo y la sangre de Cristo”, el párroco José Apolinar agradeció al Obispo, quien permanecía sentado. Su visita a San Juan Tepecoculco, así como la participación y el apoyo a los distintos pueblos “gente de Morelos, Tepoztlan, Axochiapan, Tlalmanalco, San Pablo Atlazalpan, Tlacotitlan y San Vicente Chimalhuacan, bienvenidos y muchas gracias”. A este agradecimiento se escucharon largos aplausos del pueblo.

Posteriormente el señor cura cedió la palabra a una representante de la Mayordomía 27 (organizadores de la ceremonia y del día de fiesta), quien se hincó ante el Obispo y de esa manera pedirle su apoyo para la festividad del año entrante y para agradecerle el envío de un “buen sacerdote”, asegurando que en su pueblo “nace el amor y el apoyo”, se escucharon aplausos y un ¡viva! para el Santo Patrón.

El pontífice se puso de pie, para felicitar y agradecer al pueblo en general (los confirmados, el sacerdote, los mayordomos) su alojamiento y buen trato, reafirmando su participación para el día siguiente, y lograr una vez más el objetivo de “sentirnos todos hermanos”. Además de hacer una invitación a los mayordomos para seguir apoyando al padre Apolinar con su seguro de vida.

Finalmente el Obispo dio la bendición al pueblo y enunció “pueden ir en paz, el Señor les acompañe”, se escuchó el canto a Santa María con el que finalizó la misa. Se despidió del Cristo en la cruz, inclinando la cabeza y se retiró.

La gente lo seguía como abejas al panal, él se detuvo “muy contento y feliz” para saludar de mano y bendecir a toda aquella gente que se acercaba a besar su anillo, para luego dirigirse al fondo de la iglesia, ocultándose entre la gente que lo perseguía.